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sábado, 29 de octubre de 2016

TKK cita

"Estar acomplejada, he aquí algo femenino. Eclipsada. Escuchar bien lo que te dicen. No brillar por tu inteligencia. Tener la cultura justa como para poder entender lo que un guaperas tiene que contarte. Charlar es femenino. Todo lo que no deja huella. Todo lo doméstico se vuelve a hacer cada día, no lleva nombre. Ni los grandes discursos, ni los grandes libros, ni las grandes cosas. Las cosas pequeñas. Las monadas. Femeninas. Pero beber: viril. Tener amigos: viril. Hacer el payaso: viril. Ganar mucha plata: viril. Tener un coche enorme: viril. Andar como te de la gana: viril. Querer follar con mucha gente: viril. Responder con brutalidad a algo que te amenaza: viril. No perder el tiempo en arreglarse por las mañanas: viril. Llevar ropa práctica: viril. Todas las cosas divertidas son viriles, todo lo que hace que ganes terreno es viril"


Fragmento extraído del libro "Teoría King Kong", de Virginie Despentes.

jueves, 27 de octubre de 2016

LV

"Hay que ser una víctima digna. Es decir, que se sepa callar. La palabra les ha sido siempre confiscada. Peligrosa, ya lo hemos entendido. ¿A quién podría quitarle el sueño?¿Cuál es la ventaja que sacamos de nuestra situación que hace que merezca la pena que colaboremos tan activamente? ¿Por qué las madres animan a los niños a hacer ruido mientras enseñan a las niñas a callarse? ¿Por qué seguimos valorizando al hijo que se hace notar mientras nos da vergüenza que una chica se salga del tiesto? ¿Por qué enseñamos a las niñas la docilidad, la coquetería y el disimulo, mientras que le decimos a los niños que deben ser exigentes, que el mundo es suyo, que deben tomar decisiones y elegir? ¿Qué hay de bueno en el modo en el que las cosas suceden que haga que nos compense a las mujeres suavizar los golpes que damos?"


Fragmento extraído del libro "Teoría King Kong", de Virginie Despentes.

martes, 25 de octubre de 2016

LIV

"Yo pertenezco a ese sexo, el que debe callarse, al que todos acallan. Y que debe tomárselo todo con cortesía, una vez más, jugar a mantener un perfil bajo. A riesgo de que te borren del mapa. Los hombres saben mejor que nosotras lo que podemos decir sobre nosotras mismas. Las mujeres, si quieren sobrevivir, tienen que aprender a entender las órdenes. Que no me vengan a contar que las cosas han evolucionado tanto y que ya no es lo que era. A mi no. Lo que yo he soportado por ser mujer escritora es el doble de lo que un hombre soporta.  
Simone de Beauvoir empieza las Cartas al Castor con esta primera carta que le escribe a Sartre: '¿Querría usted ser tan amable y llevar mi ropa sucia (en el cajón inferior del armario) a la lavandería esta mañana? dejo la llave puesta en la puerta. La amo tiernamente, mi amor. Ayer usted tenía la carita tan mona al decir: -Ah, usted me ha mirado, me ha mirado. Y cuando lo pienso, se me rompe el corazón de ternura. Adiós, cariñito.' Démosle la vuelta a todo, démosle la vuelta a la ropa sucia y a la carita tan mona. Así entenderemos mejor qué sexo somos, el sexo de la ropa sucia de los otros, el de las caritas monas."


Fragmento extraído del libro "Teoría King Kong", de Virginie Despentes.

martes, 13 de agosto de 2013

Lo intratable

Afirmación. Contra viento y marea, el sujeto afirma el amor como valor.

  1. A despecho de las dificultades de mi historia, a pesar de las desazones, de las dudas, de las desesperaciones, a pesar de las ganas de salir de ella, no ceso de afirmar en mí mismo el amor como un valor. Todos los argumentos que los sistemas más diversos emplean para desmitificar, limitar, desdibujar, en suma despreciar el amor, yo los escucho, pero me obstino: "Lo sé perfectamente, pero a pesar de todo...". Remito las devaluaciones del amor a una suerte de moral oscurantista, a un realismo-farsa, contra los cuales levanto lo real del valor: opongo a todo "lo que no va" en el amor, la afirmación de lo que en él vale. Esta testarudez es la protesta de amor: bajo el coro de las "buenas razones", para amar de otro modo, para amar mejor, para amar sin estar enamorado, etc., se hace oír una voz terca que dura un poco más de tiempo: la voz de lo intratable amoroso.  El mundo somete a toda empresa a una alternativa: el éxito o el fracaso, la de victoria o la derrota. Protesto desde otra lógica: soy a la vez y contradictoriamente feliz e infeliz: "triunfar" o "fracasar" no tienen para mi más que sentidos contigentes, pasajeros (lo que no impide que mis deseos sean violentos); lo que me anima sorda y obstinadamente, no es tácito: acepto y afirmo , desde fuera de lo verdadero y de lo falso, desde fuera de lo exitoso y lo fracasado; estoy exento de toda finalidad, vivo de acuerdo con el azar (lo prueba que las figuras de mi discurso me vienen como golpes de dados). Enfrentando a la aventura (lo que me ocurre), no salgo de ella ni vencedor ni vencido: soy trágico. (Se me dice: ese tipo de amor no es viable. Pero ¿cómo evaluar la viabilidad? ¿Por qué lo que es viable es un bien? ¿Por qué durar es mejor que arder?).


Fragmento extraído del libro "Fragmentos de un discurso amoroso", de Roland Barthes.

jueves, 29 de diciembre de 2011

XXVI



EL LOCO. ¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!”. Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? - así gritaban y reían alborozadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Qué a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo hemos podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos la tierra de su sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos caemos continuamente? ¿Hacia delante, hacia atrás, hacia los lados, hacia todas partes? ¿Acaso hay todavía un arriba y un abajo? ¿No erramos como a través de una nada infinita? ¿No nos roza el soplo del espacio vació? ¿No hace más frío? ¿No viene de contiuno la noche y cada vez más noche? ¿No tenemos que encender faroles a mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? 


Fragmento extraído del párrafo 125 del libro "La gaya ciencia", de Friedrich Nietzsche. 

sábado, 15 de octubre de 2011

Nihilismo: "Los fines superiores se desvalorizan". Es un momento inestable, amenazado, pues otros valores superiores tienden inmediatamente antes de que los primeros sean destruidos a tomar el primer puesto; la dialéctica no hace más que ligar posibilidades sucesivas: de ahí provine la confusión en el seno mismo del anarquismo. ¿Cómo instalar la carencia de todo valor superior? ¿La ironía? La ironía proviene siempre de un lugar seguro. ¿La violencia? Es un valor superior y de los mejor codificados ¿El goce? Sí, en tanto no sea dicho, convertido en doctrina. El nihilismo más consecuente es tal vez aquel que se enmascara: de una manera interior a las instituciones, a los discursos conformistas, a las finalidades aparentes.

Extraído del libro "El placer del texto y lección inaugural", de Roland Barthes.

jueves, 14 de octubre de 2010

Hacer una escena

ESCENA La figura apunta a toda "escena" (en el sentido restringido del término) como intercambio de cuestionamientos recíprocos.

Históricamente, la escena
Cuando dos sujetos disputan de acuerdo con un intercambio regulado de réplicas y con vistas a tener la "última palabra", estos dos sujetos están ya casados: La escena es para ellos el ejercicio de un derecho[...] Cada uno a su turno dice en la escena lo que quiere decir:jamás tú sin mí, y recíprocamente. Tal es el sentido de lo que se llama eufemísticamente el diálogo: no escucharse el uno al otro sino servirse en común de un principio igualitario de repartición de los bienes de la palabra.

La mecánica de la escena
La escena parte de una diferencia, en la cual hay un solo sujeto, dividido por un diferencial de energía (la escena es eléctrica). Para que ese desequilibrio sea puesto en movimiento (como un motor), para que la escena adquiera su velocidad adecuada, es preciso un señuelo, que cada uno de los participantes se esfuerce por atraer a su campo; ese señuelo es comúnmente un hecho (que uno afirma y el otro niega) o una decisión (que uno impone y el otro rechaza). El acuerdo es lógicamente imposible en la medida en que lo que se discute no es el hecho o la decisión. La réplica característica de la escena no tiene ningún fin demostrativo, persuasivo, sino solamente un origen, y que este origen no sea jamás sino inmediato: en la escena me adhiero a lo que acaba de ser dicho. Cada argumento es elegido de tal suerte que sea simétrico y, por así decirlo, igual a su hermano, y sin embargo aumentado por un suplemento de protesta: en suma por una sobrepuja. Esta sobrepuja no es jamás otra cosa que el grito de Narciso: ¡Y yo! ¡Y yo!

La escena insignificante
Ninguna escena tiene un sentido, ninguna progresa hacia un esclarecimiento o una transformación. La escena no es ni práctica ni dialéctica; es lujosa en definitiva ociosa.

La última palabra
Insignificante, la escena lucha sin embargo con la insignificancia. Todo participante de una escena sueña con tener la última palabra. Hablar el último, "concluir", es dar sentido a todo lo que se ha dicho, es dominar por completo el sentido; en el espacio de la palabra lo que viene al último ocupa un lugar soberano, reservado. Todo combate de lenguaje se dirige a la posesión de ese lugar; mediante la última palabra voy a desorganizar, a "liquidar" al adversario, voy a infringirle una herida (narcísica) mortal, voy a reducirlo al silencio, voy a castralo de toda palabra. Toda la escena se desarrolla con vistas a ese triunfo: no se trata de ningún modo de que cada réplica concurra a la victoria de una verdad y construya poco a poco esta verdad, sino solamente que la última réplica sea la buena: es el último golpe de dados lo que cuenta.

Adaptación del libro "Fragmentos de un discurso amoroso" de Roland Barthes

jueves, 30 de septiembre de 2010

El buque fantasma

Errabundeo. Aunque todo amor sea vivido como único y aunque el sujeto rechace la idea de repetirlo más tarde en otra parte, sorprende a veces en él una suerte de difusión del deseo amoroso; comprende entonces que está condenado a errar hasta la muerte, de amor en amor.

¿Cómo terminar un amor? -¿Cómo, entonces, termina? En suma, nadie -salvo los otros- sabe nunca nada de eso; una especie de inocencia oculta el fin de esta cosa concebida, afirmada, vivida según la eternidad. Sea lo que fuere del objeto amado, que desaparezca o pase a la región Amistad, de todas maneras no lo veo desvanecerse: el amor que ha terminado se aleja hacia otro mundo a la manera de un navío espacial que cese de parpadear: el ser amado resonaba como un clamor y helo aquí de golpe apagado (el otro no desaparece jamás cuándo y cómo se lo espera). Este fenómeno resulta de una limitación del discurso amoroso: no puedo yo mismo (sujeto enamorado) construir hasta el fin mi historia de amor: no soy poeta (el recitador) más que para el comienzo; el fin de esta historia, exactamente igual que mi propia muerte, pertenece a los otros: a ellos corresponde escribir la novela, relato exterior, mítico.

Actúo siempre -me obstino a actuar, por más que se me diga y sean cuales fueren mis propios desalientos-, como si el amor pudiera un día colmarme, como si el Soberano Bien fuera posible. De ahí esa curiosa dialéctica que hace suceder sin obstáculo el amor absoluto al amor absoluto, como si, a través del amor, accediera yo a otra lógica (donde el absoluto no estuviera obligado a ser único), a otro tiempo (de amor en amor, vivo instantes verticales), a otra música (ese sonido, sin memoria, separado de toda construcción, olvidado de lo que le precede y le sigue, ese sonido en sí mismo musical). Busco, comienzo, pruebo, voy más lejos, corro, pero nunca se dice que se muere sino solamente que renace (¿puedo, pues, renacer sin morir?).

Desde el momento que no soy colmado y sin embargo no me mato, el errabundeo amoroso es fatal. [...]

El errabundeo amoroso tiene, sí, aspectos cómicos: parece un ballet, más o menos rápido según la velocidad del sujeto infiel, pero es también una gran ópera. El Holandés maldito está condenado a errar por el mar mientras no haya encontrado a una mujer de una fidelidad eterna. Soy el Holandés Errante; no puedo parar de errar (de amar) en virtud de un viejo signo que me consagra, desde los tiempos remotos de mi infancia profunda, al dios Imaginario, afligiéndome con una compulsión de palabra que me lleva a decir “Te amo”, de escala en escala, hasta que otro recoja esta palabra y me la devuelva; pero nadie puede asumir la respuesta imposible (de una completez insostenible), y el errabundeo continúa.

A lo largo de una vida, todos los “fracasos” amorosos se parecen (y con razón: todos proceden de la misma falla). X... e Y... no han sabido (podido, querido) responder a mi “demanda”, adherir a mi “verdad”; no han cambiado un ápice su sistema; para mí, uno no hizo sino repetir al otro. Y sin embargo, X... e Y... son incomparables; es de su diferencia, modelo de una diferencia infinitamente renovada, de donde extraigo la energía para recomenzar. La “Mutabilidad Perpetua” (in inconstantia constans) de la cual estoy animado, lejos de comprimir a todos los que encuentro bajo un mismo tipo funcional (no responder a mi demanda), disloca con violencia su falsa comunidad: el errabundeo no alinea, seduce: lo que vuelve es el matiz. Voy así, hasta el final del tapiz, de un matiz a otro (el matiz es el último estado del color que no puede ser nombrado; el matiz es lo Intratable).

Roland Barthes, extraído del libro "Fragmentos de un discurso amoroso"

viernes, 20 de agosto de 2010

"Quiero comprender"

Comprender. Al percibir de golpe el episodio amoroso como un nudo de razones inexplicables y de soluciones bloqueadas, el sujeto exclama: “¡Quiero comprender (lo que me ocurre)!”

1. ¿Qué pienso del amor? –En resumen, no pienso nada. Querría saber lo que es, pero estando dentro lo veo en existencia, no en esencia. Aquello de donde yo quiero conocer (el amor) es la materia misma que uso para hablar (el discurso amoroso). Ciertamente se me permite la reflexión, pero como esta reflexión es inmediatamente retomada en la repetición de las imágenes no deriva jamás en reflexividad: excluido de la lógica (que supone lenguajes exteriores unos a otros), no puedo pretender pensar bien. Igualmente discurriré bellamente sobre el amor a lo largo del año, pero no podré atrapar el concepto más que “por la cola”: por destellos, fórmulas, hallazgos de expresión, dispersados a través del gran torrente de lo Imaginario; estoy en el mal lugar del amor, que es su lugar deslumbrante: “el lugar más sombrío –dice un proverbio chino- está siempre bajo la lámpara.”

2. Al salir del cine, solo, rumiando mi problema amoroso, que la película no ha podido hacerme olvidar, lanzo esta curiosa exclamación: ¡basta: que se acabe!, pero, ¡quiero comprender (lo que me ocurre)!

3. Represión: quiero analizar, saber, enunciar en otro lenguaje que no sea el mío; quiero representarme a mí mismo mi delirio, quiero “mirar a la cara” lo que me divide, lo que me recorta. Comprended vuestra locura: tal era el mandato de Zeus a Apolo volver los rostros de los Andróginos divididos (como un huevo, como una serba) por el corte (el vientre) “para que la vista de su cercenamiento los vuelva menos osados”. ¿Comprender no es escindir la imagen, deshacer elyo, órgano soberbio de la ignorancia?

4. Interpretación: no es eso lo que quiere decir vuestro grito. Ese grito, en verdad, es todavía un grito de amor: “Quiero comprenderme, hacerme conocer, hacerme abrazar, quiero que alguien me lleve consigo.” He aquí lo que significa vuestro grito.

5. Quiero cambiar de sistema: no desenmascaras más, no interpretar más, sino hacer de la conciencia misma una droga y a través de ella acceder a la visión sin remanente de lo real, al gran sueño claro, al amor profético.

(¿Y si la conciencia –una conciencia semejante- fuera nuestro porvenir humano? ¿ Y si,por un giro supletorio de la espiral, un día, resplandeciente entre las demás, desaparecida toda ideología reactiva, la conciencia se convirtiera finalmente en esto: la abolición de lo manifiesto y lo latente, de la apariencia y de lo oculto? ¿Si se requiriera del análisis no ya de destruir la fuerza (ni tampoco corregirla o dirigirla), sino solamente decorarla, como lo haría un artista? ¿Nos imaginamos que la ciencia de los lapsus descubra un día su propio lapsus y que ese lapsus sea: una forma nueva, inaudita, de la conciencia?)

Extraído de, "Fragmentos de un discurso amoroso", Roland Barthes. 1977.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Somos nuestros propios demonios

DEMONIOS. A veces le parece al sujeto amoroso que está poseído por un demonio de lenguaje que lo impulsa a herirse a sí mismo y a expulsarse -según una expresión de Goethe- del paraíso que, en otros momentos, la relación amorosa constituye para él.

1.Una fuerza precisa arrastra a mi lenguaje hacia el mal que puedo hacerme a mí mismo: el régimen motor de mi discurso es el piñón libre: el lenguaje actúa como bola de nieve, sin ningún pensamiento táctico de la realidad. Trato de hacerme daño, me expulso a mí mismo de mi paraíso, afanándome en suscitar en mí las imágenes (de celos, de abandono, de humillación) que pueden herirme; y la herida abierta, la mantengo, la alimento con otras imágenes, hasta que otra herida viene a producir el efecto de diversión.

2.El demonio es plural (“mi nombre es Legión”,
Lucas, 8, 30), cuando se rechaza a un demonio, cuando por fin le impongo silencio (por azar o por lucha), hay otro que levanta la cabeza a la vera y se pone a hablar. La vida demoníaca de un enamorado es semejante a la superficie de un solfatara; grandes burbujas (candentes y cenagosas) estallan una tras otra; cuando una cae y se apaga, regresa a la masa, otra, más lejos, se forma, se infla. Las burbujas, “Desesperación”, “Celos”, “Incompatibilidad”, “Deseo”, “Comportamiento incierto”, “Miedo a perder la dignidad” (el más avieso de los demonios) hacen “plop” una tras otra, en un orden indeterminado: el desorden mismo de la Naturaleza.

3.¿Cómo rechazar un demonio (viejo problema)? Los demonios, sobre todo si son de lenguaje (¿Y de qué otra cosa serían?), se combaten por el lenguaje. Puedo pues, esperar exorcizar (por mí mismo) la palabra demoníaca que se me sugiere sustituyéndola (si tengo el talento del lenguaje) por otra palabra, más apacible (me encamino a la eufemia). De esta manera: yo creía por fin haber salido de la crisis y he aquí que -favorecido por un largo viaje en automóvil- se apodera de mí un desasosiego, no ceso de agitarme en el pensamiento, el deseo, el disgusto, la agresión del otro; y agrego a estas heridas el desánimo de comprobar que
reincido; pero el vocabulario francés es una verdadera farmacopea (veneno por un lado, remedio por el otro): no, no es una recaída, no es sino un último estremecimiento del demonio anterior.


Extraído de "Fragmentos de un discurso amoroso", Roland Barthes, 1977.

viernes, 16 de julio de 2010

"El placer del texto."

Todo escritor dirá entonces: loco no puedo, sano ni me lo planteo, sólo soy siendo neurótico.

El texto que usted escribe debe demostrarme que me desea. Esa prueba existe: es la escritura. La escritura es esto: la ciencia de los gozos del lenguaje, su kamasutra (de esta ciencia no hay más que un tratado: la escritura misma).

El placer del texto es ese momento en que mi cuerpo comienza a seguir sus propias ideas —pues mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo.

El texto es un objeto fetiche y ese fetiche me desea. El texto me elige mediante toda una disposición de pantallas invisibles, de seleccionadas sutilezas: el vocabulario, las referencias, la legibilidad, etcétera; y perdido en medio del texto (no por detrás, como un deus ex-machina) está siempre el otro, el autor.
Como institución el autor está muerto: su persona civil, pasional, biográfica, ha desaparecido; desposeída, ya no ejerce sobre su obra la formidable paternidad cuyo relato se encargaban de establecer y renovar tanto la historia literaria como la enseñanza y la opinión. Pero en el texto, de algún modo, yo deseo al autor: tengo necesidad de su figura (que no es ni su representación ni su proyección), tanto como él tiene necesidad de la mía (salvo si sólo hay "cháchara").

ROLAND BARTHES. (Del libro El placer del texto y Lección inaugural.
Siglo XXI Editores, Madrid, 2007)

lunes, 5 de julio de 2010

La incertidumbre de los signos

SIGNOS. Ya sea que quiera probar su amor o que se esfuerce por descifrar si el otro lo ama, el sujeto amoroso no tiene a su disposición ningún sistema de signos seguros.


1. Busco signos, pero ¿de qué? ¿cuál es el objeto de mi lectura? ¿Es: soy amado (no lo soy ya, lo soy todavía)? ¿Es mi futuro lo que intento leer, descifrando en lo que está inscrito el anuncio de lo que me va a ocurrir, según un procedimiento que tendería a la vez a la paleografía y a la adivinación? ¿No es más bien, en resumidas cuentas, que quedo suspendido en esa pregunta, de la que pido al rostro del otro, incansablemente, la respuesta:
cuánto valgo?

2. La potencia de lo imaginario es inmediata: no busco la Imagen, me llega bruscamente. De inmediato la examino en forma retrospectiva y me pongo a hacer alternar, interminablemente, el bueno y el mal signo: "¿Qué quieren decir esas palabras tan breves: tienes toda mi estima? ¿Es posible algo más frío? ¿Es un retorno perfecto a la vieja intimidad? ¿Es una manera cortés de salir al paso de una explicación desagradable?" Como el Octavio de Stendhal, no sé nunca lo que es
normal; privado (lo sé) de toda razón, quiero refugiarme, para decidir acerca de una interpretación, en el sentido común; pero el sentido común no me suministra más que evidencias contradictorias: "¡Qué quieres, no es normal a pesar de todo salir en plena noche y regresar cuatro horas después!", "Es sin embargo muy normal dar una vuelta cuando se tiene insomnio", etc. A quien quiere la verdad no se le responde nunca más que por imágenes fuertes y vivas, pero que se hacen ambiguas, flotantes, en el momento en que se intenta transformarlas en signos: como en toda adivinación el consultante amoroso debe hacer él mismo su verdad.

3. Freud a su prometida: "Lo único que me hace sufrir es estar imposibilitado de probarte mi amor." Y Gide: "Todo en su comportamiento parecía decir: puesto que no me ama nada me importa. Ahora bien, yo la amaba todavía, e incluso nunca la había amado tanto; pero probárselo me era imposible, ahí estaba, sin duda, lo más terrible."
Los signos no son pruebas porque cualquiera puede producirlos falsos o ambiguos. De ahí es volverse, paradójicamente, sobre la omnipotencia del lenguaje: puesto que nada asegura el lenguaje, tendré al lenguaje por la única y última seguridad:
no creeré ya en la interpretación. De mi otro recibiré toda palabra como signo de verdad: y cuando sea yo el que hable, no pondré en duda que recibe como verdadero lo que diga. De donde se deduce la importancia de las declaraciones; quiero permanentemente arrancar al otro la fórmula de su sentimiento y le digo incesantemente por mi parte que lo amo: nada es dejado a la sugestión, a la adivinación:para que una cosas sea sabida es necesario que sea dicha; pero también, desde que es dicha, muy provisionalmente, es verdad.


Extraído de "Fragmentos de un discurso amoroso", Roland Barthes.

sábado, 3 de julio de 2010

La operación Astra

Sugerir el espectáculo complaciente de los defectos del orden, se ha vuelto un medio paradójico y a la vez perentorio de glorificarlo. He aquí el esquema de esta nueva demostración: tomar el valor de orden que se quiere restaurar o impulsar, manifestar ampliamente sus pequeñeces, las injusticias que produce, las vejaciones que suscita, sumergirlo en su imperfección natural; después a último momento, salvarlo a pesar de o más bien con la pesada fatalidad de sus taras ¿Ejemplos? No faltan.
Tome un ejército; manifieste sin tapujos el militarismo de sus jefes, el carácter limitado, injusto, de su disciplina y sumerja en esa tiranía tonta a un ser medio, falible pero simpático, arquetipo del espectador. Luego, a último momento, dé vuelta el sombrero mágico y saque de él la imagen de un ejército triunfante, banderas al viento, adorable, al cual, aunque golpeado, sólo se puede ser fiel, como a la mujer de Sganarelle (
De aquí a la eternidad, Mientras haya hombres).
Tome otro ejército: muestre el fanatismo científico de sus ingenieros, su ceguera; señale todo lo que un rigor tan inhumano destruye: hombres, parejas. Luego saque su propia bandera, salve al ejército por el progreso, vincule la grandeza de uno al triunfo de otro (
Los Ciclones de Jules Roy). Finalmente, la iglesia: diga su fariseísmo de una manera ardiente, la estrechez de espíritu de sus beatos, indique que todo esto puede ser criminal, no oculte ninguna de las miserias de la fé. Y luego, in extremis, deje entender que la letra, por ingrata que sea, es una vía de salvación para sus propias víctimas y justifique el rigor moral por la santidad de aquellos a quienes abruma (Living Room de Graham Greene).
Es una suerte de homeopatía: se curan las dudas contra la iglesia, contra el ejército. Se inocula una enfermedad banal, para prevenir o curar una esencial. Rebelarse contra la inhumanidad de los valores del orden, se piensa, es una enfermedad común, natural, excusable; no hace falta enfrentarla, sino más bien exorcizarla como si fuera un caso de posesión. Se hace actuar al enfermo la representación de su mal, se lo conduce a conocer el rostro de su rebelión. Porque una vez distanciado, mirado, el orden sólo es mezcla maniquea y por lo tanto fatal; ganador en ambos tableros y por consiguiente benéfico. El mal inmanente de los defectos es recuperado por el bien trascendente de la religión, de la patria, de la iglesia, etc.
Un poco de mal "confesado" evita reconocer mucho mal oculto.
Podemos reencontrar en la publicidad un esquema novelesco que da cuenta cabal de esta nueva vacuna. Se trata de la publicidad
Astra (aclaración: no el coche, una famosa marca de margarinas, europea de los '50 aproximadamente). La historieta siempre comienza con un grito de indignación dirigido a la Margarina: "¿Un batido a la Margarina? ¡Ni pensarlo!" "¿Margarina? ¡Tu tío se pondrá furioso!" Y luego los ojos se abren, la conciencia se amolda, la margarina es un delicioso alimento, agradable, digestivo, económico, útil en cualquier circunstancia. Conocemos la moraleja: "¡Al fin se han liberado de un prejuicio que les costaba caro!". De la misma manera, el orden los libera de los prejuicios progresistas. El ejército ¿valor ideal? Ni pensarlo. Vean sus vejaciones, su militarismo, la ceguera siempre posible de sus jefes. La iglesia ¿infalible?, lamentablemente, es muy dudoso que lo sea. Vean sus beatos, sus sacerdotes sin poder, su conformismo criminal. Y luego el sentido común realiza el balance: ¿qué son las pequeñas escorias del orden al lado de sus ventajas? Bien vale el precio de una vacuna. ¿Qué importa, después de todo, que la Margarina sea pura grasa, si su rendimiento es superior al de la manteca?
¿Qué importa, después de todo, que el orden sea un poco brutal o un poco ciego, si nos permite vivir fácilmente? Al final, también nosotros nos encontramos libres de un prejuicio que nos costaba caro, demasiado caro, que nos costaba demasiados escrúpulos, demasiadas rebeliones, demasiados combates y demasiada soledad.


Extraído de Mitologías de Roland Barthes, 1957 Éditions du Seuil

martes, 22 de junio de 2010

La Connivencia (confabulación)

CONNIVENCIA el sujeto se imagina hablando del ser amado con una persona rival y esta imagen desarrolla extrañamente en él una aceptación de complicidad

1. El/la con quien puedo hablar del ser amado es el/la que lo ama en la misma medida que yo, como yo: mi simétrico, mi rival, mi oponente (la rivalidad es una cuestión de lugar). Puedo entonces comentar al otro con quien se reconoce; se produce una igualdad de saber, un goce de inclusión; en ese comentario ni se aleja ni se desmenuza al objeto; permanece inserto en el discurso dual, protegido por él. Coincido al mismo tiempo con la Imagen y con ese segundo espejo que refleja lo que soy (en el rostro rival leo mis miedos, mis celos). Palabrería agitada, suspendidos todos los celos, en torno de ese ausente en que dos miradas convergentes refuerzan su naturaleza objetiva: nos libramos a una experiencia rigurosa, lograda, puesto que hay dos observadores y ambas observaciones se hacen en las mismas condiciones: el objeto es probado: descubro que tengo razón (de estar feliz, de estar herido, de estar inquieto).

Etimología (connivencia: connivere: quiere decir al mismo tiempo: guiño, pestañeo, cierro los ojos.)

2. Se llega a esta paradoja: es el propio ser amado quien, en la relación trial, está casi de más. Esto se lee en ciertasperplejidades. Cuando el propio objeto amado se queja de mi rival, lo menosprecia, no sé cómo dar la réplica a esta queja: por una parte, es “noble” no aprovecharse de una confidencia que me sirve -para “reforzar” mi posición-; y por otra parte soy prudente: sé que como ocupo el mismo lugar que mi oponente y que, desde ese momento, abolidos todo valor y toda psicología, nada puede impedir que un día sea yo objeto de menosprecio. A veces incluso soy yo mismo quien hago al otro cierto elogio de mi rival (¿para ser “liberal”?), contra lo cual el otro, curiosamente (¿para halagarme?), protesta.

3. Los celos son una ecuación con tres términos permutables (indecibles): se está siempre celoso de dos personas a la vez: estoy celoso de quien amo y de quien lo ama. El odiosamanto (así se dice “rival” en italiano) es también amado por mí: me interesa, me intriga, me llama (véase “El eterno marido” de Dostoievski).

Extraído de “Fragmentos de un discurso amoroso”, Roland Barthes.